Florencia Martínez

Desde hace un tiempo, los medios de comunicación en general y los discursos políticos en particular, le han adjudicado una notoria relevancia a la relación entre la adolescencia y el delito. Sin embargo, esto no se ha traducido en políticas públicas profundas que aborden el tema en su complejidad, ni son copiosas las investigaciones de los centros cuyo principal mandato refiere al cumplimiento de las medidas socioeducativas de los/as adolescentes que cometieron delitos. Si a esto le sumamos la categoría género como perspectiva, deberemos reconocer nuevamente la escasez de análisis.

Intentamos poner la mirada sobre ciertos aspectos de las lógicas institucionales de los centros de privación de adolescentes desde una perspectiva de género, buscando observar algunas de las características específicas de estas instituciones en cuanto a la transmisión y reproducción de los roles tradicionales de género. Los mandatos sociales acerca de cómo debemos ser y comportarnos según seamos mujeres o varones, permean toda nuestra vida. Estos mandatos son creaciones humanas, propias de nuestra cultura, que van mucho más allá de lo que podemos considerar determinaciones biológicas.

La transmisión y reproducción de los roles propios de género, así como las formas de ser y hasta de sentir, se producen a partir de complejos mecanismos institucionales y culturales que se caracterizan particularmente por la invisibilización y la naturalización de la cuestión. El hecho de ser instituciones cuyo mandato fundamental es el cumplimiento de medidas socioeducativas privativas de libertad, intensifica esa transmisión al tiempo que la naturaliza. De esta manera se refuerzan los roles tradicionales de género y se imponen identidades específicas y diferenciadas para varones y mujeres.

Actualmente, la ejecución de las medidas socioeducativas privativas de libertad está en manos del Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente. A pesar de que la normativa internacional y el propio Código de la Niñez y de la Adolescencia (CNA) vigentes en Uruguay desde el 2004, exhortan sobre las diferencias que los centros de privación de libertad para adultos/as deben presentar con respecto a las instituciones dedicadas a adolescentes, en algunos puntos resultan muy semejantes. Así como existen cárceles para mujeres y cárceles para varones, los/as adolescentes que cometieron delitos y el juez así lo disponga, serán destinados a centros diferentes según su sexo.

Hay en la actualidad varias adolescentes con hijos/as pequeños/as que permanecen con ellas en el centro de privación de libertad. La institución reproduce claramente aquí el rol asignado a las mujeres en relación a la maternidad. No está previsto ni contemplado que un adolescente que sea padre, permanezca con su hijo/a mientras esté en cumplimiento de la medida bajo ninguna circunstancia.

En cuanto a las actividades vinculadas a la oferta educativa que se realizan en estos centros, también se observan grandes diferencias. Las adolescentes, además de lo educativo formal, cuentan con cursos de cocina, peluquería y bijouterie. Evidentemente existe una vinculación entre la oferta educativa y los roles de género socialmente establecidos, en este caso para las mujeres. Los varones, reciben una oferta de talleres mucho más vinculada a la inserción laboral y al trabajo manual.

Los estudios sobre privación de libertad a nivel de adultos expresan que existen diferencias en cuanto a cómo viven el encierro varones y mujeres en relación a la angustia que esta situación puede generar y señalan que las presas reciben muchas menos visitas que los varones y sufren el abandono y la condena de sus familias con mayor intensidad.

La educación es un espacio donde las relaciones de género no sólo existen sino que también son enseñadas y aprendidas. Es en la educación donde los modelos establecidos de “ser mujer” y de “ser varón” se habitan, se reproducen, se naturalizan y se configuran como espacios de poder prácticamente invisibles.

Es una relación desigual o asimétrica, dónde lo masculino y lo femenino no tienen el mismo valor, características, posibilidades, oportunidades… La propuesta educativa y los proyectos laborales de egreso están signados por una fuerte diferenciación a partir del sexo, que vincula a los varones con lo productivo y a las mujeres con lo doméstico, el cuidado de los hijos/as y la “belleza”.

Al momento de implementar una propuesta educativa puntual, como es el caso de la Educación Secundaria que funciona dentro de estos centros, se mantiene la separación física de sexos, unida a un cuidado de la sexualidad lindera a lo higienista y marcada por la heteronormatividad, parámetros que solo rigen hoy en día a las instituciones de privación de libertad. Lejos de intentar superar o al menos problematizar la transmisión y la reproducción mecánica de los roles de género, estos dispositivos forman parte de una lógica de sociedad disciplinar. Su carácter socioeducativo no resulta visible en la práctica prevaleciendo el castigo y lo correccional por encima de todo acto educativo transformador.

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