Álvaro Verzi Rangel (Clae)| 
Todo parece parte del realismo mágico: cientos de guerrilleros de las FARC retornan a sus enclaves tras el rechazo plebisitario al acuerdo de paz, el presidente Juan Manuel Santos –sólo él- recibe el devaluado Premio Nobel de la Paz, quizá por haber matado la esperanza de paz firmando un acuerdo de paz. Hoy Colombia ha vuelto a experimentar el mismo miedo con el que ha aprendido a sobrevivir en el último medio siglo.
En comunicado conjunto, el gobierno y la cúpula de las FARC anunciaron su decisión de seguir explorando salidas legales para viabilizar el acuerdo de paz que permita la terminación del conflicto armado y ratificaron la decisión de mantener el cese el fuego bilateral, solicitando a la ONU que mantenga la misión de observación.

Hay quienes tienen dudas sobre las causas del plebiscito, y el montaje del gran operativo electoral a sabiendas de antemano que cualquier resultado no tendría efectos jurídicos ni legales sobre lo acordado, y afirman que se trató de una concertación entre dos sectores de la derecha colombiana que compartieron durante años los presupuestos del Plan Colombia, los miles de millones de dólares estadounidenses y la inteligencia, asesoramiento y entrenamiento israelí.

Son sectores que necesitan volver a reunir sus intereses militares, financieros y políticos comunes, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, que durante años jugaron a ser enemigos, intentanto dejar a la ciudadanía una sola opción: uno o el otro, invisibilizando al variopinto resto de la sociedad colombiana.col paz

Aunque ello significara un plantón al acompañamiento internacional, una bufonada de la clase política dirigente, el terror mediático y la poca seriedad de un gobierno que abre la posibilidad de revisar el Acuerdo para incluir las pretensiones del poder fáctico, el de los grandes empresarios y terratenientes para quienes la guerra ha sido un negocio que no quieren perder.

Las preocupaciones de Uribe son los puntos segundo (participación política) y quinto, que contiene la Jurisdicción Especial para la Paz y el Sistema integral de Verdad, Justicia y Reparación, al que se pueden acoger los militares condenados por crímenes conexos al conflicto y, a partir de ahí, cabe la posibilidad de que se llame a juicio también a los civiles implicados por los militares y paramilitares (incluido el propio ex gobernador de Antioquia y ex presidente en dos oportunidades.

El No al Acuerdo fue un triunfo de un modelo basado en la guerra, el fruto a mediano plazo de la promoción de ese modelo de vida basado en la cultura de la muerte, la traición, la crueldad, la delación, el enriquecimiento por cualquier método, y finalmente, del sálvese quien pueda, como pueda y pasando por encima de quien sea.

La ultraderecha colombiana, el poder económico tradicional (ganaderos, terratenientes y narcotraficante) se opusieron con todas sus fuerzas al acuerdo. Durante décadas la guerra ha sido su mejor negocio. Y se sumó la activa participación del clero ultramontano y las iglesias evangélicas, para quienes los acuerdos eran demasiado generosos con las FARC porque no contemplaban cárcel ni sanciones frente a los graves delitos cometidos. Muchos empresarios temieron que el país terminara gobernado por un ex guerrillero.

El retorno del miedo
Hoy, el sentimiento es de miedo, también, ante la posibilidad de que la situación que ha quedado abierta, tan expuesta e inestable, desate renovadas escaladas de violencia, explica la escritora Laura Restrepo, quien fue negociadora de la paz con el Movimiento M-19 en los años ´80. “Los colombianos sabemos por experiencia que un proceso de paz abortado, con la consiguiente situación ambigua entre legalidad y clandestinidad, pone en alto riesgo la vida de quienes han participado en las negociaciones con nombre propio y a cara descubierta”.

La historia reciente de Colombia muestra que en medio de un proceso de paz ocurrió la matanza de dos mil militantes de la Unión Patriótica, organización legal afín a las FARC, y recuerda el asesinato de la mayoría de los comandantes del M-19 durante el proceso de desarme e ingreso a la política legal.col-falsos-positivos1

Volvió a ganar el que sembró más miedo. Con bases infundadas y conclusiones erróneas, por puro miedo, los colombianos rechazaron la paz acordada entre el gobierno y los comandantes de las Farc. La ultraderecha ganó el plebiscito y ha hecho oposición con la misma estrategia con que gobernó Álvaro Uribe: infundiendo miedo a punta de mentiras y de medias verdades, de señalamientos y de campañas de odio, a sabiendas de que la confrontación le da más réditos que la cooperación.

Con su política de la seguridad democrática, Uribe se consagró como el mayor manipulador de los miedos y para preservar su legado ungió a Santos como su heredero. Habló insistentemente del temor por la impunidad que conllevaba el proceso de paz, pero nunca dijo una sílaba de la negociación que en su mandato llevó a cabo con los grupos paramilitares, estrechamente ligados al negocio de la droga y que cometieron incontables masacres y asesinatos de políticos, periodistas y líderes sindicales, entre otros; crímenes casi todos que siguen impunes.

Con el único fin de meter miedo, los que impulsaban el ‘No’ urdieron toda clase de falacias, como el temor al castrochavismo, como decirles a personas humildes de la tercera edad que si ganaba el Sí les iban a quitar sus pensiones para subsidiar a los desmovilizados de las Farc, como hablar de expropiaciones masivas y de cancelación de subsidios que nunca estuvieron en los acuerdos.
Y Alejandro Ordóñez, el ex procurador y precandidato presidencial del uribismo, célebre por haber quemado las obras completas de Piaget, Montesquieu y novelas de García Márquez y Victor Hugo en un parque de Bucaramanga, comparó al Sí con la llegada del diablo.

La comunicación

Los errores de comunicación de la campaña por el Si fueron notorios: en vez de una estrategia proactiva el gobierno montó una campaña reactiva para minimizar el impacto de las teorías conspirativas de los defensores del No, y en lugar de lanzar una campaña unívoca, los partidarios de la paz enviaron mensajes dispersos, dirigidos más al raciocinio que a las percepciones y sentimientos.

Quienes determinaron el resultado del plebiscito fueron los que ven la guerra por televisión, los habitantes de los mayores centros urbanos –excepto Bogotá–, mientras aquellos que han sufrido en carne propia los horrores de más de 60 años de violencia dieron un ejemplo de reconciliación al votar abrumadoramente por el Sí. Esos que no votaron basados en el miedo inventado por Uribe, sino que han sobrevivido al pánico real del conflicto, fueron los mayores derrotados ese día triste y lamentable.

Durante 30 días Juan Carlos Vélez, excandidato a la alcaldía de Medellín y gerente de la campaña por el No, tomó un avión 35 veces no solo para coordinar una estrategia basada en la indignación sino para lograr que los empresarios lo apoyaran financieramente. Le fue bien: recaudó unos 45 millones de dólares de 30 personas naturales y 30 empresas, entre ellas la Organización Ardila Lülle, Grupo Bolívar, Grupo Uribe, Colombiana de Comercio (dueños de Alkosto), Corbeta y Codiscos.

col-antos-uribeVélez se fue de boca y fue reprendido: habló de los detalles de la campaña, de los puntos que se deben renegociar y de la revancha del Centro Democrático luego de perder en tres jornadas electorales anteriores: presidencia, alcaldías y Congreso. “

La manipulación de las mismas encuestas le hizo mucho daño a un gobierno que sin un plan B, se llenó de optimismo y de triunfalismos. Y la campaña del No se basó en el poder viral de las redes sociales, con golpes bajos como la transmisión de una imagen de Santos y ‘Timochenko’ con un mensaje de por qué se le iba a dar dinero a los guerrilleros si el país estaba quebrado.

Los estrategas de imagen -panameños y brasileños- recomendaron que obviara explicitar los acuerdos y se centrara el mensaje en la indignación. La estrategia era la tergiversación y la manipulación de los sentidos. En emisoras de estratos medios y altos la campaña por el No se basó en la no impunidad, la elegibilidad y la reforma tributaria, mientras en las de estratos bajos se enfocaron en subsidios. En la Costa el mensaje terrorista era que de ganar el Si, Colombia se iba a convertir en Venezuela.

Hoy el sentimiento general de los colombianos es de miedo, también, ante la posibilidad de que la situación que ha quedado abierta, tan expuesta e inestable, desate renovadas escaladas de violencia. Pero también de rabia, y por eso miles y miles de colombianos siguen movilizados para que los acuerdos sean para la paz.

De sueño a pesadilla

El sueño de la paz se convirtió en pesadilla. Tan sólo el 36,37% de los colombianos salieron a votar en el plebiscito para ratificar los acuerdos de paz,tras 52 años de un conflicto que ha dejado unos 220 mil muertos, 6.9 millones de desplazados y 45 mil desaparecidos.
El 51.21% votó por el no, 49.78% en favor del sí. La escueta cifra de votantes permitió superar el umbral del 13% establecido como requisito para la legalidad de la consulta: el 63% de los colombianos se abstuvo de votar.

¿Hubo exceso de confianza? ¿Ganó la ola de desinformación? ¿Qué tanta influencia tuvo la religión? ¿Le cobraron a Santos sus falencias en otros sectores?

Para los analistas, una de las pocas salidas posibles es convocar a una asamblea constituyente con participación de todos los sectores sociales, como pidieron desde un principio las FARC y el mismo uribismo.

El significado de la paz sigue en disputa, en un país con una asentada cultura de convivir con la guerra. Vendrán días de barajar y dar de nuevo, de reflexión y elaboración del plan B, del que Santos se desentendió. Los acuerdos siguen vigentes, habrá que renegociarlos, aunque su credibilidad está debilitada por el resultado plebiscitario.

Todo muy triste, porque la paz en Colombia es la paz en América latina.

http://surversion.uy/wp-content/uploads/2016/10/col-lloran.jpghttp://surversion.uy/wp-content/uploads/2016/10/col-lloran-150x150.jpgAram AharonianPatria GrandeÁlvaro Verzi Rangel (Clae)| Todo parece parte del realismo mágico: cientos de guerrilleros de las FARC retornan a sus enclaves tras el rechazo plebisitario al acuerdo de paz, el presidente Juan Manuel Santos –sólo él- recibe el devaluado Premio Nobel de la Paz, quizá por haber matado la esperanza de...